viernes, 18 de febrero de 2011

Como de costumbre, frente a las letras del teclado, el cigarro en una mano y un whisky en la otra.
Y es que cuando juntamos la malta y la nicotina, el dolor, deja de ser dolor y pasa a convertirse en un extraño olor, acompañado de una horrible sensación de quemazón en la garganta.

Y es que hay cosas que jamás cambiaran.

Ya sabes, cientos de veces te he repetido, que las cosas simplemente cambian para volver a su curso original.

Otro trago, otra calada...
El hielo me abrasa, la ceniza se desprende e inunda el suelo de la habitación.

La verdad, no recuerdo muy bien para quien escribo, creo que jamás he escrito para nadie, ni tan siquiera para mi.
Es probable que en estos momentos, el dolor no desaparezca, simplemente se convierta en una serie de palabras que no cobran sentido, si no es sujetando un vaso.